Patty Diphusa y los comienzos de Almodóvar

von Hans-Jörg Neuschäfer — 29.09.2008, 10:19 Uhr

Cover der Anagrama-Edition von Patty Diphusa No voy a hablar del Almodóvar cineasta; voy a hablar del autor de un texto ficcional o metaficcional y al mismo tiempo autoreferencial. Se trata de Patty Diphusa (1983) donde se encuentran, se varían e incluso se aclaran varios motivos de sus primeros largometrajes, desde Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980) hasta Entre tinieblas (1983). El texto apareció, en varias entregas, en La luna, revista efímera de la movida madrileña, y está lleno de ambigüedades divertidas. Ya el título, que anuncia también el nombre de la protagonista y narradora, es “diphuso”, pues Patty se nos presenta como mujer y al mismo tiempo como ‘alter ego’ de un hombre llamado Pedro. Ya se sabe cómo le gusta a Almodóvar el juego de transgredir las delimitaciones de los sexos. Al mismo tiempo Patty Diphusa es una sátira contra la censura franquista que, hasta poco antes, había suprimido todavía cualquier exteriorización del deseo sexual, sobre todo en las mujeres. Pero también es Patty Diphusa un documento de la (hoy increíble) ligereza, con la que, en la euforia de la reciente liberación, se subestimaron entonces los peligros de la promiscuidad y del consumo de drogas. Al final, sin embargo, la narradora ya se va dando cuenta de que esta forma de movida no puede durar mucho, que después de la borrachera vendrá la resaca y que el pasarse de viejas reglas se convertirá, a su vez, en tediosa rutina si no se logran encontrar otras y nuevas. Pues los seres humanos están hechos de manera que, en ellos, no es menos grande el anhelo de estabilidad y duración que el de disfrutar de independencia y autonomía. Precisamente esto va a ser un tema constante en la producción posterior de Almodóvar.

Lo que al principio predomina en Patty Diphusa es una alegría, entre inocente y pueril, sobre el poder decirlo, por fin, todo y decir preferente – y casi exclusivamente – aquello que estaba prohibido por obsceno. Al leer este texto se acuerda uno también de su propia pubertad, cuando, en compañía de los amiguetes, proferíamos, en plena calle, obscenidades e incluso las plasmábamos sobre las paredes, sintiéndonos valientes y a la vez fascinados por el miedo a ser descubiertos y regañados. En efecto: el fenómeno de la movida, de la que Patty, en la ficción, al igual que Pedro, en la realidad, es en cierta manera la suma sacerdotisa, hace pensar en una especie de pubertad colectiva a la que por fin había llegado toda una nación después de haber sido liberada de un régimen que trataba de mantenerla en una eterna minoría de edad. En este sentido Patty Diphusa se muestra aún dominado por la censura. La exagerada desinhibición de la que, línea tras línea, hace alarde el texto, es aún un recuerdo de la inhibición censorial. Parece como si se bailara sobre los restos de un ídolo recién tirado de su pedestal.

Pero Almodóvar no sería Almodóvar si no supiese envolver y con ello amortiguar ya la primaria obscenidad – “chochos” y “coños”, “pollas” y “paquetes”, “polvos”, “overdosis” y “orificios abiertos” por doquier – en una refinada presentación. Veamos, pues, cómo está costruído el texto.

Patty Diphusa es supuestamente una estrella ‘internacional’ del porno a la que se le ha invitado a contarnos ‘sa petite histoire’ en varias entregas de una publicación periódica. Sus textos tratan, en primera persona, casi exclusivamente de sus experiencias sexuales, tanto profesionales como privadas, y de su nada medido consumo de drogas. A pesar de ello, como en las historias de un comic, Patty vuelve a presentarse como nueva en cada capítulo, por tormentosas que hayan sido sus andaduras en el capítulo anterior. En los comics cae uno de un décimo piso, se hunde, de cabeza, hasta la cintura en el asfalto, para reaparecer, en la escena siguiente, sin siquiera un chichón. Con Patty pasa algo parecido. Hasta una triple violación no deja en ella huellas. Toma un baño para salir refrescada y dispuesta a emprender nuevas aventuras. Parece que está inmunizada contra las malas experiencias. Además, no solamente tiene siempre ganas de sexo, sino que posee un gran corazón y reúne en su persona aquella mezcla entre la cursilería postmodernista y el firme arraigo a la rusticidad celtibérica, que encontramos también en las películas de Almodóvar. Es como una prima de Pepi, Luci y Bom. Entre sus cualidades simpáticas se encuentran el desparpajo madrileño, la gracia desenvuelta y la espontánea megalomanía con la que habla exclusivamente de sí misma y siempre de un YO en mayúscula. Es una típica criatura de la época mediática en la que lo importante es el contínuo autobombo en busca de las cámaras de televisión y de la atención pública.

Esta es una de las proposiciones más deliciosas que he recibido nunca. YO, como casi todas las mujeres de mi condición, aunque no haya escrito una sola línea, siempre me he sentido escritora (…) No importa que el tema sea UNA MISMA. A pesar de mi corta edad, YO he conocido a mucha gente, pero a quien conozco mejor que a nadie es a MI MISMA. Creo que es un rasgo de honestidad con los lectores hablar de lo que una conoce.

A primera vista, Patty parece hablar a tontas y a locas. Sin embargo está bajo el control de su creador que dirige su verborrea de manera que, por un lado, podemos reírnos con ella. Pero a la vez la canaliza de manera que, por el otro, nos reímos de ella. Esto quiere decir que no tenemos que tomarla en serio y menos aún aceptarla como un modelo para nuestra propia conducta.

Punto culminante del juego autoreflexivo entre el autor y su personaje ficticio es el último capítulo que contiene un diálogo con su creador Pedro. El capítulo tiene el título significativo de “Yo, Patty, intento conocerme a mí misma a través de mi autor”, capítulo en el que también se ve envuelto el lector. Cuando “Patty” pregunta a “Pedro” – y esta pregunta es casi unamuniana – si ella, a lo peor, no es más que “un simple reflejo” del autor, “esa cosa tan horrible que se llama un alter ego, contesta “Pedro”: “No. Tú eres una fantasía de los lectores. Eres lo que a los lectores les gustaría ser”. (92) En el fondo es ella, pues, un producto de los deseos de sus lectores y “Pedro” el intermediario que les pone en relación. Pero también el mismo “Pedro” reconoce que quisiera ser tan espontáneo, animoso y práctico como ella. Tan práctica es ella que hasta la pregunta de su predilección política (pregunta muy al orden del día durante la transición) la resuelve de manera pragmática: „Hablando de otro tema – dice Patty – ¿tengo alguna ideología?“ A lo que contesta Pedro: „Te gusta follar y que la gente te admire.“ Patty: „Quiero decir que si soy socialista“.- Pedro: „No, pero no te importaría hacértelo con Felipe González.- Patty: „Entonces, en cierto sentido soy socialista. Porque con Fraga, por ejemplo, no me acostaría, ¿verdad?“ (94/95).

Lo que al principio no parece ser más que una sátira contra el espíritu de la censura, se revela, pues, al considerarlo más de cerca, como un juego autoreferencial, en el que lo enunciado por Patty podría haber sido enunciado también por Pedro. Al otro lado, sin embargo, comienzan a perfilarse ya en este contexto, más bien lúdico, las primeras dudas y algunos de los escrúpulos que en las películas posteriores se colocarán en un primer plano. Me refiero sobre todo a las muestras de cansancio, al hastío, incluso al desengaño que Patty deja entrever al final de su texto ‚autobiográfico’, después de haberse enamorado, por primera vez ‚de verdad’, de un taxista que parece a Robert Mitchum (todo su relato está repleto de referencias al cine de Hollywood) y con el que anhela tener una relación estable. Al final del onceavo capítulo se despide ella misma de su mito y resume, con el hiperbolismo que la carateriza, todo lo que había aborrecido en su vida anterior y lo que ahora, sin embargo, cuando la movida amenaza a ser rutinaria y tediosa a su vez, casi vuelve a tener cierto encanto.

[Si la movida se convierte en rutina, dice,] ”prefiero el muermo, la depresión, la reflexión, la abstinencia, el tedio, el nihilismo, la discreción, el no tener nada que decir, la inactividad, los buenos modales, la antipatía, la country, el tener un horario, la precaución, la melancolía, las visitas a la familia, el comunismo soviético, la cordura, la inhibición, las raíces, la tradición, los cantautores, etc. (…) Esta página, a partir de este momento, estará vacía. Que la rellenen otros.

Teniendo en cuenta que Patty es, entre otras cosas, ese “alter ego” de “Pedro” y que la frase que acabo de citar, podría ser también una frase de éste, nos las tenemos que ver, ya en 1983, con una especie de adiós a la movida extasiada con la que Almodóvar festejaba – más que nadie – la liberación de los tabúes oficialmente impuestos. Pero también nos encontramos, ya aquí, con un principio de cambio en la concepción de su trabajo que, de ahora en adelante, se centrará cada vez más en buscarle algo de autenticidad (y de sentido) a la vida de sus personajes que, por sus circunstancias, aparecen, al comienzo, más bien como figuras desorientadas o enajenadas.

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Der Text fasst meinen Beitrag zu einer mesa redonda zusammen, die unter dem Titel »El cine de Pedro Almodóvar en la perspectiva internacional« am 26.9.08 im Berliner Cervantes-Institut stattfand. Die weiteren Teilnehmer waren Kathleen Vernon (USA), Paul J. Smith (GB), Jean-Claude Seguin (F) und Francisco Zurián (E).

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Hans-Jörg Neuschäfer ist emeritierter Professor für Romanische Philologie und Literaturwissenschaft an der Universität des Saarlandes.

  1. 2 Kommentare to “Patty Diphusa y los comienzos de Almodóvar”

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    LuisMo sagt am 21.08.2015 um 22:25 Uhr

    Un texto maravilloso de Pedro.


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  2. Sep 29, 2008: Prof. Neuschäfer über Almodóvars 'Patty Diphusa'

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